jueves, 21 de abril de 2016

LA DIMENSIÓN ABSOLUTA COMO UN RÍO DE FONDO…



La noticia de la dimensión absoluta de la realidad, que todo humano, de una forma explícita o implícita, tiene, despierta el interés por ella. Para poderla observar e indagar es siempre necesario callar el griterío continuo que hay en nuestro monólogo interior. El monólogo interior obedece a los deseos/temores y va y viene continuamente entre los recuerdos y las expectativas.
Podríamos decir que la vida cotidiana de nuestro pensar y sentir es atender a la situación que nos rodea, siempre desde la perspectiva de los deseos, modelados por los recuerdos y expectativas.
En la vida cotidiana de la mayoría de las personas la dimensión absoluta se mantiene siempre solo como un ruido de fondo no consciente claramente, cuyo único resultado es que nuestros deseos y expectativas sean insaciables.
Los animales, que tienen un único acceso a lo real, carecen de deseos insaciables.
El ruido de fondo se manifiesta como una añoranza o una insatisfacción que impide que, como los animales, nos aquietemos con la satisfacción de nuestras necesidades básicas.
El ruido de fondo que proviene del acceso oscuro a la dimensión absoluta de lo real es la raíz, no reconocida, de nuestra perpetua insatisfacción. Pocos son los humanos que están satisfechos con lo que tienen; siempre buscamos más. Ya lo dijeron los sabios, y cada uno de nosotros puede comprobarlo: el deseo humano es insaciable.
Estas consideraciones lo único que hacen es recoger datos.
Quien quiera poner en el primer plano de su mente y de su sentir esa dimensión absoluta de lo real, porque se interesa, de una forma u otra, por ella, tendrá que apañárselas para callar el griterío de la mente y del sentir. Callar el constante monólogo interior es silenciarlo.
Silenciarlo no es siempre eliminarlo por completo, porque ese constante monólogo tiene una función importante para la supervivencia; una función de indagación del medio visto desde la perspectiva de los fracasos y éxitos que en el pasado se tuvieron y desde la expectativa de solucionar las carencias, evitando los errores del pasado. Esa es la función de las expectativas.
Silenciar el monólogo constante interior es apartar del primer plano de la atención de la mente y del sentir el deseo y toda la corte de sus acompañantes.
Quien, conociendo la estructura de sus deseos y temores, la deja a un lado, -que equivale a silenciarla-, abre la posibilidad de desidentificarse de ella. Desidentificándose de esa estructura azarosa de deseos y temores puede ejercitar su mente y su sentir desde la gratuidad y acercarse a “eso absoluto que todo es”.
Quien silencia sus deseos/temores deja de vivir desde ellos e identificado con ellos y puede, así, vivir desde la dimensión absoluta de su existir. Esa dimensión absoluta de su existir no es nada externo a él, sino que forma parte de su realidad propia. En verdad esa dimensión absoluta es su naturaleza original, porque su propia naturaleza no es la interpretación que hace de sí mismo desde los deseos/temores y las expectativas.
Lo que descubre quien silencia su deseo es que su realidad no es su modelación.
Quien descubre que su realidad no es la modelación que hace de sí mismo, sino eso “otro” de su modelación, ese puede residir e identificarse con la realidad absoluta que es.
Quien se asienta, no en la interpretación que hace de sí mismo, sino en la dimensión absoluta que todo es, comprende que no ha venido a este mundo, que es esta inmensidad, porque la modelación que hace de ella regida por la necesidad y su vocero el deseo solo está en nuestra mente y en nuestro sentir, no existe ahí fuera.
La modelación que hace de esta inmensidad una garrapata o un escarabajo, está en el sistema activo y perceptivo de esos insectos, no está ahí fuera. Igual ocurre con los humanos.
Lo que realmente es y lo que todo es, trasciende toda modelación, sea animal, sea humana.
Quien, comprendiendo su verdadera realidad, se asienta en ella y vive desde ella, -que significa pensar, sentir y actuar desde ella-, sabrá que no es ninguna individualidad.
Sabe que las categorías de sujetos y objetos son solo consecuencia de la interpretación que tiene que hacer de lo real para poder sobrevivir como animal necesitado que habla. Esas categorías son fruto de su modelación necesaria; como tales no están ahí.
Sabe que ni él es una individualidad, ni lo real es un mundo de sujetos y cosas.
Quien vive y se identifica con su ego y sus estructuras de deseos está sometido a un destino inflexible; está sometido a la estructura de deseos que le transmitieron sus mayores y que él mismo ha afianzado y confirmado con su obrar.
Quien ya no vive y no se identifica con su ego y sus estructuras, ese es libre del destino inflexible de la consecuencia de las acciones de sus mayores y de su propio actuar. No hay libertad verdadera más que cuando la dimensión absoluta entra en el horizonte de nuestras vidas. La necesidad, y las formaciones de deseos en las que se concreta, someten, aunque dejen cierto margen de variación.
Quien pone el fundamento de su mente y de su sentir en la dimensión absoluta, que es nuestra verdadera realidad, ese se sale de la separación, se sale de la dualidad que la necesidad precisa modelar para poder sobrevivir, y entra en la no-dualidad. En la no-dualidad no hay ni nacer, ni morir.

En la no-dualidad cesan los enfrentamientos y solo hay unidad, paz, interés y reconciliación plena con todo. La reconciliación plena no es conformismo, sino aceptación, no rechazo, no condena.
Quien utiliza su mente y su sentir desde la no-dualidad, sabe que no le falta nada, que no hay nada que conseguir. Continuará viviendo como un ser necesitado y simbiótico, pero con sobriedad y con total desprendimiento; con libertad, paz, y reconciliación.
La no-dualidad arrastra inevitablemente al interés y servicio a toda criatura; lleva a interesarse por la marcha de la sociedad, de la cultura, del medio y de todo ser viviente y no viviente.
La no-dualidad es unidad y la unidad es amor. El verdadero amor no es el sentimiento romántico, ni tiene ninguna conexión con la necesidad. El amor verdadero solo florece en la más completa gratuidad.
Quien comprende su verdadera realidad entenderá y sentirá que la realidad del mundo de sus interpretaciones, de sus modelaciones, no es otra que la realidad de “eso absoluto”.
Vivirá en profundidad que el mundo de nuestra dimensión relativa y el de nuestra dimensión absoluta no es una realidad con dos pisos, sino una única realidad que nuestra condición de vivientes necesitados que hablan precisa difractar para poder sobrevivir y cambiar cuando sea necesario o conveniente.
Vivirá la dualidad y la pluralidad como la forma en la que se presenta para nosotros la única realidad que es. Vivirá su vida cotidiana con sumo interés, porque sabe que no es otra cosa que la dimensión absoluta; y la vivirá en suma paz y reconciliación y con total entrega de servicio a todo. ¿Cómo no hacerlo si no hay dos?
Vivirá en un mundo en el que habrá enfrentamientos, porque continuará siendo un mundo de animales depredadores, pero esos enfrentamientos no serán profundos, porque sabrá que en verdad no hay nada que perder o que conseguir.
Tampoco hasta aquí se ha partido de creencias o supuestos; nos hemos ceñido a los hechos y a su lógica.

Marià Cor




http://feadulta.com/es/buscadoravanzado/item/7553-la-dimension-absoluta-como-un-rio-de-fondo.html

miércoles, 13 de abril de 2016

Ana María Schlüter: "Hay muchas equivalencias entre la mística cristiana y el zen"






"El Vaticano II anima a que promulguemos los bienes espirituales de otras religiones"

Jesús Bastante, 02 de febrero de 2013 a las 12:39
 El sufrimiento tiene una causa, que es el deseo. Hay una salida, que es el desapego, y los caminos rectos: el recto pensar, el recto hablar, el recto decidir, el recto vivir, el recto recogerse, el recto despertar
Ana María Schlüter/>

Ana María Schlüter

  • Ana María Schlüter
(Jesús Bastante).- Ana María Schlüter es una maestra zen que vive en Guadalajara. Desde el Instituto Superior de Pastoral de la Fundación Pablo VI, donde ha participado en la XXIV Semana de Teología Pastoral, nos habla de la "ceguera maligna" que padecemos en Occidente, "que nos hace pensar que sólo es verdad lo que se entiende con la cabeza, como se dice en la universidad".
Ana María afirma que "lo interior separado de lo exterior no es verdaderamente interior", y que el quietismo que se atribuye al zen es una falacia.
Defiende que "hay muchas equivalencias entre la mística cristiana y el zen bien entendido", y también encuentra semejanzas en cuanto a la situación de la mujer en ambas confesiones: "Están igual de apartadas en el budismo y en el cristianismo, esto tiene que ver con una conciencia patriarcal por la que pasa la humanidad en su totalidad".
Para concluir, nos ofrece una sencilla definición del zen: "El zen es un camino para volver a casa"
¿Qué hace una maestra zen en un pueblo perdido de Guadalajara?
Ahí fuimos a parar buscando un lugar donde crear un centro zen. En el 76 vino aquí unjesuita de Tokio que, después de un discernimiento con Arrupe decidió enseñar zen. Estuvo en España durante 10 años, y yo le conocí a través de unas compañeras holandesas y austriacas que habían estado con él. Y luego, a través de él, conocí el zen. Él a su vez me presentó a un maestro zen japonés, que fue el que me dio el reconocimiento como maestra después de estar en Japón formándome.
¿Cómo le explicarías a los occidentales, a los que nos suena todo parecido (el zen, el budismo...), qué es el zen?
Un maestro japonés, al inicio de su manual de advertencias para la práctica del zen, dice que "el zen lleva a descubrir la luz original de cada uno". Es un camino para volver a casa, a casa de verdad. Suena un poco a lo que dice Cervantes en el Quijote a través de la pastora: "contemplando el cielo el alma vuelve a su morada primera". El zen es un camino para volver a lo que realmente uno es, que es cuando uno se entera de lo que realmente es.
¿Cómo se aplica el zen a la vida? ¿No es algo demasiado interior como para poder manifestarlo hacia el exterior en el día a día?
Lo interior separado de lo exterior no es verdaderamente interior. Eso es quietismo, y es una falacia. En nuestro tiempo se cae a menudo en eso, porque se busca algo más profundo, pero entonces es muy comprensible que de vez en cuando se resbale, o que se quede muy en la superficie, buscando quietud. Eso está muy bien, pero no es suficiente. Con eso no te enteras de la realidad, no descubres el misterio de Dios.
¿Descubrir todo esto te obliga a intentar cambiarlo?
Es que si una persona se da profundamente cuenta de qué es la realidad, de que todos somos uno, y que el dolor del otro es mi dolor, necesariamente tiene que intentar cambiar.



http://www.periodistadigital.com/religion/espana/2013/02/02/ana-maria-schluter-hay-muchas-equivalencias-entre-la-mistica-cristiana-y-el-zen-religion-iglesia.shtml

Consuelo Martin: Lo malo del pensamiento es cuando te identificas con él.





Consuelo Martin: 

Lo malo del pensamiento es cuando te identificas con él.


Es necesario hacer silencios en la mente y en las emociones para contemplar y experimentar directamente la vida.



Entender es intelectualizar, teorizar; comprender es experimentar la Unidad.
Has de distinguir muy bien lo que significa comprender para no confundirte creyendo que estás comprendiendo cuando solamente entiendes cosas. Entender cosas es descifrar símbolos: descifras símbolos del lenguaje o descifras símbolos matemáticos, símbolos técnicos u otros. Entonces entiendes. También hay a quien le interesa descifrar símbolos religiosos. Entonces entiende de eso, de descifrar símbolos. Pero eso no es comprensión; comprender es integrar cada una y todas las cosas en una totalidad.




Consuelo Martín nos ayuda a comprender los planos y caminos que pueden conducirnos a experimentar la Unidad.

 

¿Qué tienen en común la filosofía y la meditación?


Meditación es un término que se aplica a muchas prácticas mentales diferentes, algunas muy superficiales. La meditación a la que acostumbro a llamar “contemplación”, para evitar esa ambigüedad, consiste en profundizar en la mente y en el corazón.
La dirección ha de ser clara: hacia lo Real, más allá de las apariencias. Si no se hace una investigación filosófica sobre esa diferencia, no es posible tomar la dirección correcta. Por eso, ambas cosas, investigación y contemplación, han de ir juntas. En los dos casos se ha de traspasar la zona del pensamiento mecánico.


 

¿Qué tiene de malo el pensamiento?


No es malo ni bueno, simplemente es un instrumento psicofísico mecánico, no creativo, que, habitual e inconscientemente, se identifica con la propia identidad. En esa identificación está el problema.
 

El pensamiento nos puede ofrecer soluciones en los conflictos, tranquilidad, felicidad incluso ¿O no es así?


La visión de la Verdad es lo único que ofrece eso. Por no haber observado el funcionamiento de la mente se puede confundir una intuición o visión verdadera con el pensamiento que la formula.
 

¿Qué nos aporta el silencio (la meditación, la contemplación) que no puede aportarnos el pensamiento?


Es necesario hacer silencio en los pensamientos y en las emociones que ocasionan para poder observar el funcionamiento de la mente. Al hacerlo, y no antes, se descubre que la realidad no es lo que parecía mientras estábamos identificados con los pensamientos, es decir, con las sensaciones interpretadas, con teorías o doctrinas acumuladas en la memoria y luego repetidas de mente en mente.

 

¿Qué significa que en el silencio están todas las respuestas?


El silencio da entrada a una visión directa de la Realidad. Desde él se percibe ya la brisa de algo verdadero; y se descubre allí también algo de la plenitud del Ser a distintos niveles de percepción.
 

¿De dónde surge la paz mental, la felicidad?


La paz y felicidad que anhelamos están en lo profundo de nosotros mismos y únicamente desde allí la recibe la persona. Creemos que la persona la obtiene desde fuera y la buscamos inútilmente en experiencias exteriores. Ese es un error de graves consecuencias. Nos falta lucidez.







PARA SABER MÁS: http://crecejoven.com/espiritualidad--consuelo-martin

domingo, 3 de abril de 2016

La Oración Centrante. P. Thomas Keating





¿Qué es la contemplación?
La contemplación es la experiencia de la presencia de Dios o de la afluencia de la Gracia, en un sentido distinto a pensar en Él, o a tener sentimientos hacia Él.
Es experimentar a Dios.
Sí, en cierto grado, pero no como Dios es realmente, porque esto es algo que está reservado para la vida futura. Pero es un gustar el sabor del misterio último al que llamamos Dios en la tradición religiosa judeocristiana, y recibe otros nombres en otras religiones. Pero hay un solo Dios.

¿Cómo se puede ser místico y vivir y trabajar en medio del mundo y de sus luchas?
La respuesta a esta pregunta es la misma razón de ser de la Oración Centrante. Es necesaria una disciplina práctica para la vida cotidiana, que permita relacionarse con Dios en un nivel más profundo que el del pensamiento, o incluso del sentimiento. Me refiero al nivel de la fe, la esperanza y la caridad en el sentido de amor desinteresado.
La Oración Centrante consiste en un período durante el cual nos apartamos del ruido tumultuoso del momento presente, del medio ambiente, de nuestro propio ruido interior, de nuestros comentarios internos sobre lo que está sucediendo, y de nuestras reacciones emocionales ante ello, y entramos en lo que Jesús llama, en Mateo 6: 6, "orar en secreto".

¿Qué es, en sí, la oración centrante?
La oración contemplativa es una apertura de la mente y del corazón, de todo nuestro ser a Dios, el Misterio Último, más allá de pensamientos, palabras y emociones. Es un proceso de purificación interior que lleva, si consentimos, a la unión divina.
Es un tipo de oración que existe desde los primeros tiempos del cristianismo. Es un método diseñado para facilitar el desarrollo de la oración contemplativa al preparar nuestras facultades de forma que cooperen con este inmenso regalo de Dios. Es la frecuentación de este espacio dentro de nosotros, el cultivo de este nivel espiritual de nuestro ser, lo que nos abre a la sanación, a la “terapia divina”, por así decirlo.


La redención es la sanación de nuestra naturaleza en sus mismas raíces de pecado, y la sanación de las heridas emocionales de nuestra vida, de lo que San Pablo llama el “hombre viejo”, o de lo que la sicología gusta de llamar ir “del falso yo” al verdadero yo”.






http://yogaymedicinaoriental.blogspot.com.es/2009/02/la-oracion-centrante-p-thomas-keating.html